En el vibrante escenario educativo, donde los docentes buscan inculcar conocimiento y guiar a las generaciones jóvenes hacia el futuro, a veces surgen historias que revelan los desafíos más profundos que enfrenta el sistema. El caso del profesor Ánjel María Fernández, quien ha abandonado la enseñanza después de una década de servicio, arroja luz sobre las dificultades que los educadores pueden enfrentar en las aulas modernas.
El relato de Fernández se presenta en su libro «Había del verbo a ver. Diario del instituto», una crónica del curso 2019/20, marcado por la pandemia de Covid-19, en un centro educativo de Navarra. El profesor, nacido en La Rioja, expone sus razones para dejar la docencia, entre las que destaca el «desinterés» y la «falta de respeto» de los alumnos. Su testimonio, aunque personal, refleja un fenómeno que muchos educadores pueden encontrar en sus propias experiencias.
Fernández describe la «adolescencia al completo» como algo que le provoca rechazo, alegando que ve «estupidez allá donde mire». Sus palabras revelan una frustración profunda y una desconexión con el entorno educativo que alguna vez encontró satisfactorio. Este desencanto se manifiesta en su percepción de la mala educación, las faltas de respeto y la creencia de algunos estudiantes de que pueden estar al mismo nivel que los docentes.
El profesor también comparte experiencias alarmantes, como la violencia entre alumnos y hacia los propios profesores. Una compañera tuvo que defenderse con una baldosa, y él mismo admitió haber estado cerca de agredir a un estudiante. Estos incidentes ilustran la complejidad de las dinámicas en el aula y plantean preguntas sobre la seguridad de los profesores y el ambiente de aprendizaje para los estudiantes.
La mayoría de los alumnos a los que Fernández intentó enseñar provenían de familias con bajos recursos económicos, lo que se tradujo en problemas adicionales, como la falta de abrigo en invierno. Este contexto socioeconómico influyó en el rendimiento académico de los estudiantes y en su capacidad para comprometerse con el proceso educativo.
El debate sobre la extensión de la enseñanza obligatoria hasta los 18 años surge en la entrevista. Fernández se muestra escéptico, argumentando que no solucionaría el problema, sino que lo agravaría. Propone la creación de espacios de aprendizaje alternativos para aquellos estudiantes que no se adaptan al modelo tradicional de la ESO (Educación Secundaria Obligatoria).
En cuanto a la Formación Profesional (FP), Fernández destaca que los estudiantes a menudo se sienten «enjaulados» en el aula y que les interesa más el taller que las asignaturas obligatorias. Esta perspectiva sugiere la necesidad de repensar y adaptar los enfoques educativos para satisfacer las diversas necesidades y aspiraciones de los estudiantes.
La crítica de Fernández no se limita a los estudiantes; también señala la relajación de los estándares académicos durante la pandemia, con instrucciones gubernamentales que, según él, permitieron la promoción automática sin tener en cuenta el rendimiento real. Este fenómeno plantea preguntas sobre la calidad de la educación y la validez de los títulos otorgados.
El profesor Ánjel María Fernández concluye la entrevista expresando sus dudas sobre volver a dar clases. Su decisión de cambiar hacia la corrección ortográfica y de estilo refleja una reorientación profesional impulsada por las difíciles experiencias en el aula.
El caso de Fernández destaca la urgencia de abordar los desafíos sistémicos en la educación, desde la falta de recursos hasta las dinámicas sociales y la necesidad de adaptarse a las cambiantes realidades de los estudiantes. Su historia sirve como recordatorio de que, para construir un sistema educativo sólido y eficiente, es esencial abordar no solo los aspectos académicos, sino también los desafíos sociales y emocionales que enfrentan tanto educadores como estudiantes.